BORRADOR - 3a ETAPA CAMINO DE SANTIAGO PORTUGUÉS INTERIOR: MÕES - MOURA MORTA (18,7 kms).


19 de octubre de 2024.

He dormido bien está noche, seguramente por el cansancio de los ascensos de ayer. Si acaso me habré despertado un par de veces,  cuando llegó mi compañero de habitación ( y eso que ni siquiera encendió la luz) y cuando hacía algún movimiento para cambiar de posición en la cama, porque me duelen los hombros. Los primeros días de camino siempre los tengo inflamados por el peso de la mochila, y es que tengo visto y comprobado por todos los caminos realizados hasta ahora que mi cuerpo necesita cinco días para acostumbrarse a la rutina diaria de cargar con la mochila y caminar decenas de kilómetros diarios. A partir del quinto día los hombros han bajado su inflamación y los pies se han adaptado a las nuevas exigencias...

Cuando me he levantado mi compañero de habitación ya se había marchado. Me he aseado, he recogido la mochila, he escrito una nota de agradecimiento a Olga en el libro de visitas del albergue y he salido a mí encuentro con un nuevo día que me saluda lloviendo cuando el pronóstico era nublado con alternancias de sol. Teniendo la oportunidad de desayunar como Dios manda me he dirigido, por tercera vez ya, a la pastelería A Sineta, donde me he tomado un café con leche grande con un bollo relleno de crema que estaba buenísimo. Me sorprende lo barato que es comer en Portugal sin quedarte con hambre. Sin ir más lejos la cena de ayer incluyendo la bebida me salió por poco más de nueve euros...

Albergue O Ladrilho ( Mões)



Tras el chute de azúcar y energía  en el desayuno me he dirigido al cercano Supermercado Pingo Novo - Amanhecer. Debo hacer acopio de avituallamiento para el almuerzo de hoy por el camino y ara la cena en el Albergue de Moura Morta, ya que no hay bar en la aldea. La empleada del supermercado, muy amable y atenta, se ha sorprendido al ver el tamaño de mi mochila, y reflexionaba conmigo sobre lo duro que debía ser una peregrinación. Aquí he comprado embutido y pan para hacerme un bocadillo por el camino,  galletas saladas o "bolachas" de agua y sal, una lata de una especie de cocido de legumbres y plátanos.

Antes de salir me he acoplado el chubasquero, pues el día pinta feo y el chaquetón me da sensación de confortabilidad, aunque me he arrepentido con la primera subida antes de salir de Mões  que me ha hecho comenzar a sudar, y es que en este camino estreno un chaquetón/chubasquero capaz de soportar tempestades según Decathlon, pero que transpira lo justo como no hagas uso de las cremalleras bajo los brazos.



Una vez arriba, vuelve el desasosiego en el límite de las últimas viviendas del pueblo,  con un paisaje que se asemeja al escenario posterior a una batalla acontecida en un día gris oscuro, con toda la tierra quemada y las siluetas negras de los árboles que quedan en pie serpenteados lentamente por la niebla. Y lo peor es que este atrezzo es el que me acompaña en toda la bajada hasta Vila Boa. Al menos me aferro al aroma que lo inunda todo, que está vez en lugar de notas grasientas me trae olor a tierra mojada, a ese olor a raices recién extraídas de la tierra tan característico de la tierra blanda recién labrada. A lo lejos oigo una pequeña oveja balando constantemente, imagino que llamando a su apartada madre clamando por un biberón.






La entrada a Vila Boa devuelve los tonos verdes y alegres y la inspiración bucólica. Me aparto a un lado del camino para dejar paso a un pequeño rebaño de cabras  y he supuesto que una de ellas era la que imaginé una oveja infante llorando a su madre. Al pequeño rebaño acompañaban dos pequeños perros que su dueño se ha apresurado a asegurarme que no "hacían nada" para que no me preocupase, aunque a mí lo que me daban eran ganas de achucharlos.





A pie de camino se encuentra la
Iglesia de Sâo Pelágio a cuyos pies tenemos una fuente a nuestra disposición en la que no he dudado en renovar el agua de mi botella. Exceptuando al vecino que sacaba a pastar a las cabras, no me he cruzado con ningún otro alma en Vila Boa.  Ante la persistente lluvia me he resguardado bajo el arco de entrada al patio de una vivienda, donde he esperado a la desaceleración del aguacero para retomar mi camino.







A la salida del pueblo, tras el perímetro verde que rodea el pueblo, regresamos al paisaje quemado, a los árboles que tuvieron que cambiar forzosamente su color a la paleta de marrones, no por qué se pusieran los ropajes del otoño, sino por el inmenso calor del fuego que deshidrató sus copas. En un momento dado me ha sobrecogido la imagen de un gato  blanco moteado de naranja detenido  sobre las pavesas negras del lienzo negro que lo abarcaba todo., siguiéndome con la mirada. Entre tanta oscuridad de fondo destacaban aún más los colores de su pelaje y hasta el brillo de sus ojos. Parecía derrotado, contrariado, sin saber qué hacer para cazar algo en este páramo donde no podía camuflarse para capturar algún pequeño bicho que quedase vivo bajo tierra.

Muchos árboles que ahora se encuentran quemados eran de tamaño mediano, como si fuesen el fruto de una replantación tras un incendio anterior, y sin embargo, como si por aquí  hubiese pasado el caballo de Atila,  han perecido cumpliendo la condena de no prosperar en la vida. Pero el ciclo vuelve a empezar de nuevo y de la base de los delgados troncos hoy muertos, emerge milagrosamente la vida vestida de verde chillón para ocupar poco a poco el espacio que les corresponde,  Y darme cuenta de estos pequeños brotes me alegra soberanamente ...





Acompañado de este paisaje desolador salpicado de brotes que crecen despacio y sin hacer ruido como para protegerse del monstruo que está ahí fuera,  hago un descenso que me obliga después a un largo ascenso  hasta la N2 que no menciona la guía de Gronze en su recorrido. Me he detenido un momento a descansar, y  lo hecho sin darme cuenta a la altura de un pequeño crucifijo que, por el lugar donde estaba ubicado, debía estar casi camuflado por la vegetación, la misma vegetación que ha salido ardiendo sobre él.

Así hemos llegado a la N2, la cual salvamos pasando al otro lado bajo ella por un túnel inferior para inmediatamente después encontrarnos todo verde de nuevo como por arte de magia: otro perímetro de oxígeno que rodea en esta ocasión a la aldea de Grijó, donde se mezclan antiguas viviendas con modernas casas adosadas, viejos ladrillos de piedra con nuevos ladrillos rojos, pero comparte con el resto de aldeas pequeñas esa vida que se practica en modo interior, de puertas para dentro, mientras fuera solo queda fijarse en el color de las paredes, un porche con sillas vacías y mazorcas amontonadas, una fuente, la señalética del camino incorporada en alguna esquina, una cabra que me mira con cara de pocos amigos y en alerta esperando algún movimiento extraño de este peregrino para atacar o salir corriendo, e imaginarse los habitantes involucrados en cada una de estas escenas.









Cruzamos de nuevo la N2 al salir de Grijó. De hecho va a ser una constante en este camino por el tramo portugués, un referente inseparable, como el curso del Río Sil en el Camino de Invierno.

Por fin he llegado a Ribolhos, la que debía haber sido mi final de etapa de ayer, pero tras conocer hoy el tramo que tendría que haber hecho, y en ese caso oscureciendo, no me arrepiento de haberme detenido en Mões. En Ribolhos es tradición trabajar el barro negro, surgiendo como un medio de subsistencia de sus habitantes, y aún hoy día es posible conocer el proceso de extracción del barro, elaboración de piezas y cocido final. 

A pié de camino se encuentra su bonito albergue, con un apetecible y tranquilo jardín exterior y un mural pintado sobre su fachada que hace referencia a la elaboración artesanal de útiles de barro cocido que forma parte de la idiosincrasia de este lugar. Desconozco si habrá dormido alguien aquí está noche, pues aún no me he cruzado con ningún otro peregrino. Para los interesados, en el apartado de INFORMACIÓN PRÁCTICA de esta crónica dejo explicado cómo hacer la reserva. El edificio es la acertada reutilización de una antigua escuela de primaria y cuenta con 20 plazas en dormitorios compartidos y cocina de uso libre con microondas.





Continuo caminando hasta llegar a uno de los puntos importantes de hoy, la bifurcación donde debemos decidir si continuamos a la izquierda por la variante de la N2 y el municipio de Castro Daire, o en su lugar cogemos a la derecha por el camino oficial en dirección al Río Paiva, que deberemos cruzar siempre que el río no esté crecido y las "poldras" estén accesibles. La ventaja de la primera opción es que nos ahorra 1,2 kms. de recorrido, y la ventaja de la segunda es la experiencia y adrenalina de cruzar el río sobre las piedras y un paisaje más verde y rural. A pesar de que me estaba acompañando la lluvia, ni hoy ni días anteriores había sido tan fuerte como para que el Río Paiva se hubiera desbordado, así que allí que me dirigí con cierta inquietud por lo q pudiera ocurrir ante un panorama en el que no sabía lo que me iba a encontrar.



Saliendo de Ribolhos, antes de cruzar el puente sobre la A24 tenemos a nuestra disposición a la izquierda un pequeño área de descanso dedicado a São João que en verano se disfrutará más que en días otoñales como el de hoy. Cuando crucemos el puente, si nos fijamos al fondo podemos ver Castro Daire, de la que en este momento siento que me estoy alejando con cierto resquicio de temor por si no pudiese cruzar el río y tuviera que volver atrás y dar toda la vuelta,  con la pérdida de tiempo que ellos supone. Pero han podido más mis ganas tontas de cruzar sobre las piedras como el resto de peregrinos, a pesar de que un día feo y lluvioso como el de hoy sugieran un río difícil de cruzar. Pero eso no va a pasar....







He llegado a Vila Franca cuando la lluvia se estaba volviendo más constante y los goterones más gruesos. El municipio sigue la tónica de los demás, vacío. El único que parece haberse dado cuenta de mi presencia como perro arisco desterrado al jardín, era un burro que no dejaba de rebuznar ruidosamente a lo lejos. Encajada en una hondonada,  y con nubes bajas por encima, doy la razón a sus habitantes que deben estar recogidos en casa y cerquita de una chimenea, ¿para qué iban a pasear un día como hoy?.






Me he desviado hacia la Capela de Santo Amaro, recoleta, blanca, con una humilde espadaña que gana todo el protagonismo aéreo de esta pequeña capilla. Dicen que San Amaro era un santo peregrino francés del siglo XIII que se afincó en Burgos tras visitar Santiago de Compostela, dedicando su vida a cuidar a pobres y enfermos en el Hospital del Rey (1195). 

Al contrario de lo que suele suceder en Portugal, no me estoy encontrando las iglesias abiertas, con lo que me gusta entrar a buscar un poquito de calor emocional. Una vez rodeada la Iglesia y fotografiadas las preciosas vistas del pueblo y su verde entorno desde esta pequeña  atalaya de la capilla, continuo caminando en bajada , y a lo lejos comienzo a escuchar el inconfundible sonido del río: me estoy acercando por fin a mí esperado encuentro con el Río Paiva. Cuanto más me acerco más se acrecienta el ruido del curso rápido del agua. Me encuentro de frente con un vecino que sube el sendero,  que únicamente comparte conmigo un "bon día". Según voy bajando no dejo de pensar en ese 'y si..." que deja abierta la posibilidad de que no pueda cruzar por encima de las piedras salientes sobre el agua. Y cuando llegó hasta abajo y a la orilla buscando con la mirada la hilera de "poldras", mis peores temores se hicieron realidad...

No es que el río estuviera desbordado o demasiado crecido como para cubrir las poldras, sino que simplemente, en la parte central de la hilera, las piedras habían desaparecido, dejando correr por ese punto un tumultuoso curso de agua. Me costó situarme mentalmente ante este escenario, pues de pronto , cuando estaba solo a unas decenas de metros del otro lado del camino, se abría ante mí la posibilidad de que tuviera que volver atrás sobre mis pasos para llegar a Fareja por Castro Daire. Observé  todo a mi alrededor, no había ningún otro acceso. La hilera de piedras tenían por encima una especie de tela gruesa de malla o lona, y supuse que cuando se produjeron los incendios de hace un mes, apoyaron está lona sobre las piedras para intentar formar una balsa y que se acumulase el agua en este punto para poder ser recogida y transportada, pero en su punto central las piedras cedieron y acabaron hundidas bajo el agua.






Lo que no entendí, es por qué siendo este punto parte del recorrido oficial del Camino de Santiago, y encontrándose en estas circunstancias, en ninguna parte del recorrido, o incluso en el Albergue de Ribolhos o donde se encontraba la bifurcación, ninguna administración colgó un aviso para advertir a los peregrinos de que debían continuar por Castro Daire hasta que se reparase la hilera de poldras...; y lo que me indignó es que desde Ribolhos, y con todo mi porte de peregrino, ningún vecino me advirtió de ellos, ni siquiera el último que hace un instante me crucé cuando estaba llegando al río.

Me acerqué al punto central de las poldras a tantear la corriente, miré a lo lejos el viaducto de la A24 que cruza en altura  sobre el río de una montaña a otra como una posibilidad  subiendo hasta allí y buscando una forma de comunicar de nuevo con el camino, pero me pareció peligroso y no sabía tampoco si habría arcén suficiente para caminar. Me negaba a pensar en la posibilidad de perder toda la mañana volviendo hasta Castro Daire caminando, como mucho podría mirarla posibilidad de que un taxi me recogiese y me llevase al otro lado. Pero una vez más me giré, observé el lecho del río y me di cuenta que unos metros más atrás, en su parte central, había una acumulación grande de piedras que elevaban el fondo del río, por lo que por ese tramo no era demasiado profundo para cruzarlo. Y no me lo pensé más: apoyé mi mochila sobre las poldras, me quité las botas y los calcetines y los introduje protegidos en la parte superior de la mochila, me arremangué todo lo que pude los pantalones, y con los bastones en posición de ataque allí que me dirigí despacito al centro del río.

Tuve que caminar muy despacio, los pies me dolían por las chinas que se clavaban en las plantas, a la vez que tensionaba los dedos como una garra porque la verdina del fondo hacía que resbalaran, e iba clavando con seguridad los bastones entre las piedras. La corriente era más fuerte justo en el centro y tenía que hacer bastante fuerza para clavarlos al fondo y mantenerlos rectos, mientras seguía buscando con la mirada el mejor recorrido posible. Y así retrocedí cruzando el río hacia el otro lado de la hilera de poldras, donde era más seguro caminar  una vez salvado el centro, y aún me pude recrear satisfecho tomando fotos y vídeos porque lo había lo había logrado y no me lo creía ni yo.







Cuando llegué al otro lado, me senté sobre un muro de piedras, me sequé los pies y no podía dejar de mirar al río con una sonrisa , sensación de orgullo y agradecido al Apóstol por haber hecho que lo que suponía  un problema acabará resuelto como una anécdota de este camino.

Antes de comenzar el ascenso que me esperaba a este lado, me he desviado unos metros hasta la Playa Fluvial de Folgosa, un aliciente más para los que hagan este camino en primavera o verano. Aseguran que el agua en esta zona es limpia y cristalina, aunque los matices oscuros del cuadro en el día de hoy no me permiten apreciarlo. Obviamente el área de servicio y edificio principal de restauración se encontraban cerrados. Lo que en verano debe ser un hervidero de gente y jolgorio sonoro de niños gritando y lanzándose al agua, hoy parecía más el decorado del camping de una de esas películas de terror de Viernes 13...




No he perdido mucho más tiempo ante tan inquietante y morboso pensamiento, así que  me he vuelto a poner en marcha, ahora mucho más animado y tranquilo después de cargar toda la mañana con la inseguridad de lo que me iba a encontrar cuando llegase al río.  Ante mí un fuerte y cansado ascenso que una vez arriba me lleva a superar por encima las bocas de los túneles de la A24. Al otro lado, un pequeño descenso que nos lleva hasta el Río Paiva, afluente del Río Paiva, y que también debemos cruzar por una hilera de poldras que está vez, y con precaución, sí estaban accesibles. Reconozco que después de la experiencia anterior, me ha puesto nervioso llegar hasta aquí y no encontrarme tampoco ninguna pasarela o puente para sortear el curso del agua.










Una vez cruzado debemos continuar por un sendero a la derecha donde me alegro de encontrarme con el verde después de los bocados de los incendios que me he ido encontrando en el ascenso anterior. Nos acompaña el sonido del río, que circula a pocos metros a nuestro lado.  En un momento dado, observé un pequeño desvío que descendía a la derecha hacia el río, y a mí que no me gusta perderme nada allí que me metí, encontrándome de sopetón con un sensacional paraje a modo de área de descanso, sombrío, verde, con el río ofreciendo la atracción de pequeños saltos de agua, y grandes moles de piedra para sentarse a descansar . Era abrumadoramente bonito este apartado y escondido lugar, pero lo mejor de todo es que irradia paz que te llega al interior. Aquí me detuve a sentarme un rato a descansar antes de proseguir para cruzar la siguiente localidad.

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